viernes, 8 de marzo de 2019

EL CUENTO


ASPECTOS DEL CUENTO

Julio Cortázar


Puesto que voy a ocuparme de algunos aspectos del cuento como género literario, y es posible que algunas de mis ideas sorprendan o choquen a quienes las lean, me parece de una elemental honradez definir el tipo de narración que me interesa, señalando mi especial manera de entender el mundo. 
Pero además de ese alto en el camino que todo escritor debe hacer en algún momento de su labor, hablar del cuento tiene un interés especial para nosotros, puesto que casi todos los países americanos de lengua española le están dando al cuento una importancia excepcional, que jamás había tenido en otros países latinos como Francia o España. Entre nosotros, como es natural en las literaturas jóvenes, la creación espontánea precede casi siempre al examen crítico, y está bien que así sea. Nadie puede pretender que los cuentos sólo deban escribirse luego de conocer sus leyes. En primer lugar, no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco encasillable; en segundo lugar los teóricos y los críticos no tienen por qué ser los cuentistas mismos, y es natural que aquellos sólo entren en escena cuando exista ya un acervo, un acopio de literatura que permita indagar y esclarecer su desarrollo y sus cualidades.
Es preciso llegar a tener una idea viva de lo que es el cuento, y eso es siempre difícil en la medida en que las ideas tienden a lo abstracto, a desvitalizar su contenido, mientras que a su vez la vida rechaza angustiada ese lazo que quiere echarle la conceptualización para fijarla y categorizarla. Pero si no tenemos una idea viva de lo que es el cuento habremos perdido el tiempo, porque un cuento, en última instancia, se mueve en ese plano del hombre donde la vida y la expresión escrita de esa vida libran una batalla fraternal, si se me permite el término; y el resultado de esa batalla es el cuento mismo, una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia. Sólo con imágenes se puede trasmitir esa alquimia secreta que explica la profunda resonancia que un gran cuento tiene entre nosotros, y que explica también por qué hay muchos cuentos verdaderamente grandes.

Para entender el carácter peculiar del cuento se le suele comparara con la novela, género mucho más popular y sobre el cual abundan las preceptivas. Se señala, por ejemplo, que la novela se desarrolla en el papel, y por lo tanto en el tiempo de la lectura, sin otro límite que el agotamiento de la materia novelada; por su parte, el cuento parte de la noción de límite, y en primer término de límite físico, al punto que en Francia, cuando un cuento excede las veinte páginas, toma ya el nombre de nouvelle, género a caballo entre el cuento y la novela propiamente dicha. En ese sentido, la novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que una película es en principio un "orden abierto", novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brasai definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara. Mientras en el cine, como en la novela, la captación de esa realidad más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis que dé el "clímax" de la obra, en una fotografía o en un cuento de gran calidad se procede inversamente, es decir que el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no solamente valgan por sí mismos, sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector como una especie de apertura, de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucha más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento. 
Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran, y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que así expresado parece una metáfora, expresa sin embargo lo esencial del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como condenados, sometidos a una alta presión espiritual y formal para provocar esa "apertura" a que me refería antes. Basta preguntarse por qué un determinado cuento es malo. No es malo por el tema, porque en literatura no hay temas buenos ni temas malos, solamente hay un buen o un mal tratamiento del tema. Tampoco es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka. Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas. Y así podemos adelantar ya que las nociones de significación, de intensidad y de tensión han de permitirnos, como se verá, acercarnos mejor a la estructura misma del cuento.

Decíamos que el cuentista trabaja con un material que calificamos de significativo. El elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo, al punto que un vulgar episodio doméstico, como ocurre en tantos admirables relatos de una Katherine Mansfield o un Sherwood Anderson, se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana, o en el símbolo quemante de un orden social o histórico. Un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta. Pienso, por ejemplo, en el tema de la mayoría de los admirables relatos de Antón Chejov. ¿Qué hay allí que no sea tristemente cotidiano, mediocre, muchas veces conformista o inútilmente rebelde? Lo que se cuenta en esos relatos es casi lo que de niños, en las aburridas tertulias que debíamos compartir con los mayores, escuchábamos contar a los abuelos o a las tías; la pequeña, insignificante crónica familiar de ambiciones frustradas, de modestos dramas locales, de angustias a la medida de una sala, de un piano, de un té con dulces. Y, sin embargo, los cuentos de Katherine Mansfield, de Chéjov, son significativos, algo estalla en ellos mientras los leemos y nos proponen una especie de ruptura de lo cotidiano que va mucho más allá de la anécdota reseñada.

Ustedes se han dado ya cuenta de que esa significación misteriosa no reside solamente en el tema del cuento, porque en verdad la mayoría de los malos cuentos que todos hemos leído contienen episodios similares a los que tratan los autores nombrados. La idea de significación no puede tener sentido si no la relacionamos con las de intensidad y de tensión, que ya no se refieren solamente al tema sino al tratamiento literario de ese tema, a la técnica empleada para desarrollar el tema. Y es aquí donde, bruscamente, se produce el deslinde entre el buen y el mal cuentista. Por eso habremos de detenernos con todo el cuidado posible en esta encrucijada, para tratar de entender un poco más esa extraña forma de vida que es un cuento logrado, y ver por qué está vivo mientras otros, que aparentemente se le parecen, no son más que tinta sobre papel, alimento para el olvido.
Un cuentista: es un hombre que de pronto, rodeado de la inmensa algarabía del mundo, comprometido en mayor o en menor grado con la realidad histórica que lo contiene, escoge un determinado tema y hace con él un cuento.


Hay tema, repito, y ese tema va a volverse cuento. Antes que ello ocurra, ¿qué podemos decir del tema en sí? ¿Por qué ese tema y no otro? ¿Qué razones mueven consciente o inconscientemente al cuentista a escoger un determinado tema? Puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotan virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía consciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia.
Y ese hombre que en un determinado momento elige un tema y hace con él un cuento será un gran cuentista si su elección contiene -a veces sin que él lo sepa conscientemente- esa fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana. Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá en nosotros, dará su sombra en nuestra memoria.
En suma, puede decirse que no hay temas absolutamente significativos o absolutamente insignificantes. Lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores.
Lo que está antes es el escritor, con su carga de valores humanos y literarios, con su voluntad de hacer una obra que tenga un sentido; lo que está después es el tratamiento literario del tema, la forma en que el cuentista, frente a su tema, lo ataca y sitúa verbal y estilísticamente, lo estructura en forma de cuento, y lo proyecta en último término hacia algo que excede el cuento mismo.
Pero si todo se redujera a eso, de poco serviría; ahora, como último término del proceso, como juez implacable, está esperando al lector, el eslabón final del proceso creador, el cumplimiento o fracaso del ciclo. Y es entonces que el cuento tiene que nacer puente, tiene que nacer pasaje, tiene que dar el salto que proyecte la significación inicial, descubierta por el autor, a ese extremo más pasivo y menos vigilante y muchas veces hasta indiferente que se llama lector.


Los cuentistas inexpertos suelen caer en la ilusión de imaginar que les basta escribir lisa y llanamente un tema que los ha conmovido, para conmover a su turno a los lectores. Incurren en la ingenuidad de aquel que encuentra bellísimo a su hijo, y da por supuesto que todos los demás lo ven igualmente bello. Con el tiempo, con los fracasos, el cuentista capaz de superar esa primera etapa ingenua, aprende que en la literatura no bastan las buenas intenciones. Descubre que para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre muchas otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con sus circunstancias de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única forma en que puede conseguirse este secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión, a la índole del tema, le den su forma visual y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan único, inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo y en su ambiente y en su sentido más primordial. Lo que llamo intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige. Ninguno de ustedes habrá olvidado El barril de amontillado, de Edgar A. Poe. Lo extraordinario de este cuento es la brusca prescindencia de toda descripción de ambiente. A la tercera o cuarta frase estamos en el corazón del drama, asistiendo al cumplimiento implacable de una venganza.


Significación:
Un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta. algo estalla en ellos mientras los leemos y nos proponen una especie de ruptura de lo cotidiano que va mucho más allá de la anécdota reseñada.
intensidad y de tensión: que ya no se refieren solamente al tema sino al tratamiento literario de ese tema, a la técnica empleada para desarrollar el tema.
Pero esos pequeños, insignificantes cuentos, esos granos de arena en el inmenso mar de la literatura, siguen ahí, latiendo en nosotros. ¿No es verdad que cada uno tiene su colección de cuentos? Yo tengo la mía, y podría dar algunos nombres. Tengo William Wilson de Edgar A. Poe; tengo Bola de sebo de Guy de Maupassant. Los pequeños planetas giran y giran: ahí está Un recuerdo de Navidad de Truman Capote; Tlön, Uqbar, Orbis Tertius de Jorge Luis Borges; Un sueño realizado de Juan Carlos Onetti; La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi; Cincuenta de los grandes, de Hemingway; Los soñadores, de Izak Dinesen,
En ellos, con modalidades típicas de cada uno, la intensidad es de otro orden, y yo prefiero darle el nombre de tensión. Es una intensidad que se ejerce en la manera con que el autor nos va acercando lentamente a lo contado. Todavía estamos muy lejos de saber lo que va a ocurrir en el cuento, y sin embargo no podemos sustraernos a su atmósfera. En el caso de El barril de amontillado y de Los asesinos, los hechos despojados de toda preparación saltan sobre nosotros y nos atrapan; en cambio, en un relato demorado y caudaloso de Henry James -La lección del maestro, por ejemplo- se siente de inmediato que los hechos en sí carecen de importancia, que todo está en las fuerzas que los desencadenaron, en la malla sutil que los precedió y los acompaña. Pero tanto la intensidad de la acción como la tensión interna del relato son el producto de lo que antes llamé el oficio de escritor, y es aquí donde nos vamos acercando al final de este paseo por el cuento.
los buenos cuentos los están escribiendo quienes dominen el oficio en el sentido ya indicado.

Miremos la cosa desde el ángulo del cuentista y en este caso, obligadamente, desde mi propia versión del asunto. Un cuentista es un hombre que de pronto, rodeado de la inmensa algarabía del mundo, comprometido en mayor o en menor grado con la realidad histórica que lo contiene, escoge un determinado tema y hace con él un cuento. Este escoger un tema no tan es sencillo. A veces el cuentista escoge, y otras veces siente como si el tema se le impusiera irresistiblemente, lo empujara a escribirlo. En mi caso, la gran mayoría de mis cuentos fueron escritos -cómo decirlo- al margen de mi voluntad, por encima o por debajo de mi consciencia razonante, como si yo no fuera más que un médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza ajena. Pero eso, que puede depender del temperamento de cada uno, no altera el hecho esencial, y es que en un momento dado hay tema, ya sea inventado o escogido voluntariamente, o extrañamente impuesto desde un plano donde nada es definible. Hay tema, repito, y ese tema va a volverse cuento. Antes que ello ocurra, ¿qué podemos decir del tema en sí? ¿Por qué ese tema y no otro? ¿Qué razones mueven consciente o inconscientemente al cuentista a escoger un determinado tema?

A mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema deba de ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotan virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía consciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia. O bien, para ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema tiene algo de sistema atómico, de núcleo en torno al cual giran los electrones; y todo eso, al fin y al cabo, ¿no es ya como una proposición de vida, una dinámica que nos insta a salir de nosotros mismos y a entrar en un sistema de relaciones más complejo y hermosos? Muchas veces me he preguntado cuál es la virtud de ciertos cuentos inolvidables. En el momento los leímos junto con muchos otros, que incluso podían ser de los mismos autores. Y he aquí que los años han pasado, y hemos vivido y olvidado tanto.
Pero esos pequeños, insignificantes cuentos, esos granos de arena en el inmenso mar de la literatura, siguen ahí, latiendo en nosotros. ¿No es verdad que cada uno tiene su colección de cuentos? Yo tengo la mía, y podría dar algunos nombres. Tengo William Wilson de Edgar A. Poe; tengo Bola de sebo de Guy de Maupassant. Los pequeños planetas giran y giran: ahí está Un recuerdo de Navidad de Truman Capote; Tlön, Uqbar, Orbis Tertius de Jorge Luis Borges; Un sueño realizado de Juan Carlos Onetti; La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi; Cincuenta de los grandes, de Hemingway; Los soñadores, de Izak Dinesen, y así podría seguir y seguir... Ya habrán advertido ustedes que no todos esos cuentos son obligatoriamente de antología. ¿Por qué perduran en la memoria? Piensen en los cuentos que no han podido olvidar y verán que todos ellos tienen la misma característica: son aglutinantes de una realidad infinitamente más vasta que la de su mera anécdota, y por eso han influido en nosotros con una fuerza que no haría sospechar la modestia de su contenido aparente, la brevedad de su texto. Y ese hombre que en un determinado momento elige un tema y hace con él un cuento será un gran cuentista si su elección contiene -a veces sin que él lo sepa conscientemente- esa fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana. Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá en nosotros, dará su sombra en nuestra memoria.

Sin embargo, hay que aclarar mejor esta noción de temas significativos. Un mismo tema puede ser profundamente significativo para un escritor, y anodino para otro; un mismo tema despertará enormes resonancias en un lector, y dejará indiferente a otro. En suma, puede decirse que no hay temas absolutamente significativos o absolutamente insignificantes. Lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores. Por eso, cuando decimos que un tema es significativo, como en el caso de los cuentos de Chejov, esa significación se ve determinada en cierta medida por algo que está fuera del tema en sí, por algo que está antes y después del tema. Lo que está antes es el escritor, con su carga de valores humanos y literarios, con su voluntad de hacer una obra que tenga un sentido; lo que está después es el tratamiento literario del tema, la forma en que el cuentista, frente a su tema, lo ataca y sitúa verbal y estilísticamente, lo estructura en forma de cuento, y lo proyecta en último término hacia algo que excede el cuento mismo. Aquí me parece oportuno mencionar un hecho que me ocurre con frecuencia, y que otros cuentistas amigos conocen tan bien como yo. Es habitual que en el curso de una conversación, alguien cuente un episodio divertido o conmovedor o extraño, y que dirigiéndose luego al cuentista presente le diga: "Ahí tienes un tema formidable para un cuento; te lo regalo." 
A mí me han reglado en esa forma montones de temas, y siempre he contestado amablemente: "Muchas gracias", y jamás he escrito un cuento con ninguno de ellos. Sin embargo, cierta vez una amiga me contó distraídamente las aventuras de una criada suya en París. Mientras escuchaba su relato, sentí que eso podía llegar a ser un cuento. Para ella esos episodios no eran más que anécdotas curiosas; para mí, bruscamente, se cargaban de un sentido que iba mucho más allá de su simple y hasta vulgar contenido. Por eso, toda vez que me he preguntado: ¿Cómo distinguir entre un tema insignificante, por más divertido o emocionante que pueda ser, y otro significativo?, he respondido que el escritor es el primero en sufrir ese efecto indefinible pero avasallador de ciertos temas, y que precisamente por eso es un escritor. Así como para Marcel Proust el sabor de una magdalena mojada en el té abría bruscamente un inmenso abanico de recuerdos aparentemente olvidados, de manera análoga el escritor reacciona ante ciertos temas en la misma forma en que su cuento, más tarde, hará reaccionar al lector. Todo cuento está así predeterminado por el aura, por la fascinación irresistible que el tema crea en su creador.

Llegamos así al fin de esta primera etapa del nacimiento de un cuento, y tocamos el umbral de su creación propiamente dicha. He aquí al cuentista, que ha escogido un tema valiéndose de esas sutiles antenas que le permiten reconocer los elementos que luego habrán de convertirse en obra de arte. El cuentista está frente a su tema, frente a ese embrión que ya es vida, pero que no ha adquirido todavía su forma definitiva. Para él ese tema tiene sentido, tiene significación. Pero si todo se redujera a eso, de poco serviría; ahora, como último término del proceso, como juez implacable, está esperando al lector, el eslabón final del proceso creador, el cumplimiento o fracaso del ciclo. Y es entonces que el cuento tiene que nacer puente, tiene que nacer pasaje, tiene que dar el salto que proyecte la significación inicial, descubierta por el autor, a ese extremo más pasivo y menos vigilante y muchas veces hasta indiferente que se llama lector. 
Los cuentistas inexpertos suelen caer en la ilusión de imaginar que les basta escribir lisa y llanamente un tema que los ha conmovido, para conmover a su turno a los lectores. Incurren en la ingenuidad de aquel que encuentra bellísimo a su hijo, y da por supuesto que todos los demás lo ven igualmente bello. Con el tiempo, con los fracasos, el cuentista capaz de superar esa primera etapa ingenua, aprende que en la literatura no bastan las buenas intenciones. 
Descubre que para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre muchas otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con sus circunstancias de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única forma en que puede conseguirse este secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión, a la índole del tema, le den su forma visual y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan único, inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo y en su ambiente y en su sentido más primordial. Lo que llamo intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige.
Ninguno de ustedes habrá olvidado El barril de amontillado, de Edgar A. Poe. Lo extraordinario de este cuento es la brusca prescindencia de toda descripción de ambiente. A la tercera o cuarta frase estamos en el corazón del drama, asistiendo al cumplimiento implacable de una venganza. Los asesinos, de Hemingway, es otro ejemplo de intensidad obtenida mediante la eliminación de todo lo que no converja esencialmente al drama. Pero pensemos ahora en los cuentos de Joseph Conrad, de D. H. Lawrence, de Kafka. En ellos, con modalidades típicas de cada uno, la intensidad es de otro orden, y yo prefiero darle el nombre de tensión. Es una intensidad que se ejerce en la manera con que el autor nos va acercando lentamente a lo contado. Todavía estamos muy lejos de saber lo que va a ocurrir en el cuento, y sin embargo no podemos sustraernos a su atmósfera. En el caso de El barril de amontillado y de Los asesinos, los hechos despojados de toda preparación saltan sobre nosotros y nos atrapan; en cambio, en un relato demorado y caudaloso de Henry James -La lección del maestro, por ejemplo- se siente de inmediato que los hechos en sí carecen de importancia, que todo está en las fuerzas que los desencadenaron, en la malla sutil que los precedió y los acompaña. Pero tanto la intensidad de la acción como la tensión interna del relato son el producto de lo que antes llamé el oficio de escritor, y es aquí donde nos vamos acercando al final de este paseo por el cuento.

En mi país, y ahora en Cuba, he podido leer cuentos de los autores más variados: maduros o jóvenes, de la ciudad o del campo, entregados a la literatura por razones estéticas o por imperativos sociales del momento, comprometidos o no comprometidos. Pues bien, y aunque suene a perogrullada, tanto en la Argentina como aquí los buenos cuentos los están escribiendo quienes dominen el oficio en el sentido ya indicado. Un ejemplo argentino aclarará mejor esto. En nuestras provincias centrales y norteñas existe una larga tradición de cuentos orales, que los gauchos se transmiten de noche en torno al fogón, que los padres siguen contando a sus hijos, y que de golpe pasan por la pluma de un escritor regionalista y, en una abrumadora mayoría de casos, se convierten en pésimos cuentos. ¿Qué ha sucedido? Los relatos en sí son sabrosos, traducen y resumen la experiencia, el sentido del humor y el fatalismo del hombre de campo; algunos incluso se elevan a la dimensión trágica o poética. Cuando uno los escucha de boca de un viejo criollo, entre mate y mate, siente como una anulación del tiempo, y piensa que también los aedos griegos contaban así las hazañas de Aquiles para maravilla de pastores y viajeros. Pero en ese momento, cuando debería surgir un Homero que hiciese una Iliada o una Odisea de esa suma de tradiciones orales, en mi país surge un señor para quien la cultura de las ciudades es un signo de decadencia, para quien los cuentistas que todos amamos son estetas que escribieron para el mero deleite de clases sociales liquidadas, y ese señor entiende en cambio que para escribir un cuento lo único que hace falta es poner por escrito un relato tradicional, conservando todo lo posible el tono hablado, los giros campesinos, las incorrecciones gramaticales, eso que llaman el color local. No sé si esa manera de escribir cuentos populares se cultiva en Cuba; ojalá que no.

EL RELATO

EL RELATO
El relato, como género literario, es una forma de narración cuya extensión en número de páginas es menor a la de una novela e incluso a la de la nouvelle . Aunque el número de páginas no es lo único que se debe tener en cuenta a la hora de determinar un género. Grandes autores como Julio Cortázar , Jack London , Franz Kafka , Truman Capote , Raymond Carver , han demostrado con la calidad indiscutible de sus relatos, las grandes posibilidades de este género.
La esencia del relato consiste en contar una historia sin reflejarla en toda su extensión, compactándola y poniendo el énfasis en determinados momentos, que suelen ser decisivos para el desarrollo de la misma, dejando a la imaginación del lector la tarea de componer los detalles que podrían ser considerados "superfluos" y que, junto a los hechos narrados en el relato, compondrían un cuadro mayor, como en muchos de los relatos de Raymond Carver. Los hechos narrados en el relato pueden ser de ficción (cuento, epopeya, etc. ) o de no-ficción (noticias). El relato es una estructura discursiva, caracterizada por la heterogeneidad narrativa, y en el cuerpo de un mismo relato pueden aparecer diferentes tipos de discurso .
En general un relato es resultado de la inspiración inmediata (en este sentido comparte su génesis con la poesía ), a diferencia del cuento en donde todos los indicios deben llevar indefectiblemente al nudo y luego al desenlace y por ende requiere un trabajo previo del autor. De todas maneras, el termino relato es en general poco preciso y la mayoría de los analistas y escritores no hacen ninguna diferencia entre ambos términos (cuento y relato)
Algunos autores utilizan el termino relato para describir aquellos textos breves en donde no hay una línea argumental precisa o no lleva necesariamente a un punto de tensión como en el cuento. Otros autores lo refieren cuando hablan de textos breves (es decir menores a una novela) pero que incluyen capítulos. También lo utilizan algunos como un género intermedio entre el cuento y la novela. En este sentido podría intercambiarse con el término de nouvelle, aunque se prefiere utilizar este último para textos de una longitud intermedia pero con diversas líneas argumentales, personajes, etc.
El relato, a diferencia del cuento, admite elementos de no ficción (por ejemplo un relato periodístico o el relato de non-fiction como el introducido por Truman Capote en A sangre fría, entre otros). En este sentido, el relato podría ser un género limítrofe entre lo estrictamente artístico/literario y por ejemplo lo periodístico o lo ensayístico.













CLASE 01 DE CREACION LITERARIA


TALLER DE CREACION LITERARIA
CLASE 01
MUSEO DE ARTE DE LIMA
Prof. Luis Tejada Rivera

La escritura es la forma de comunicar algún pensamiento, vivencia, experiencia o parte de la imaginación a través de las letras. Para enviar el mensaje correcto debemos utilizar las palabras correctas y para que eso suceda, el dominio de las técnicas de la escritura será fundamentalmente importante.
Las técnicas de la escritura son:
·         Descripción:
Utilizando esta técnica el escritor puede activar los sentidos del futuro lector, activando así sus sentidos para que se identifiquen con la situación que está ocurriendo en la narración. Con la descripción creamos una escritura rica y fortalecida para que con el tacto, vista, olfato y gusto, nuestras palabras se conviertan en una sensación real para el lector, siendo fácil entender lo que describimos. Esta técnica es una de las más comunes, las podemos encontrar en los libros, sobretodo en cuentos, obras, artículos, revistas y muchas más formas de la comunicación. Aunque siempre hay un límite, el abuso de la descripción puede confundir al lector y sacarlo de lo que estamos describiendo. La descripción debe ser utilizada en raciones adecuadas.
·         Exposición:
Se basa en una técnica de escritura informativa, el objetivo del escritor es que el público se informe sobre las ideas que tiene. Bien es cierto que la exposición tiene un poco de descripción para que el lector pueda entender completamente las ideas que trasmite el escritor. Se utiliza en los textos informativos que se localizan en diarios, revistas, libros de estudio y donde se encuentre una información escrita.
·         Narración:
Con esta técnica estamos hablando de una historia que es contada, es decir narrada. Aquí aplicamos tanto nuestra imaginación para escribir como la figura literaria que más nos convenga utilizar en nuestra historia. La narración debe tener tiempo, problemas, personajes, trama, escenario y una conclusión donde se resuelvan los problemas o deje al lector en expectativa. En la narración tenemos los cuentos y las novelas u obras literarias. Los cuentos suelen ser historias cortas narradas, y las novelas son historias largas. De obras literarias pueden pasar a obras de teatro y películas. Esta técnica es una de las más utilizadas y más famosas, ya que relata historias que pueden hacer a los lectores viajar a través de un mundo, que generalmente es de ficción o irreal.
·         Persuasión:
El objetivo de la técnica de la persuasión es cambiar la visión del lector. Se habla sobra algún tema, pensamiento o área y la escritura sugiere que el lector se convenza que esa es la opción correcta. Esta técnica trae consigo la aplicación de opiniones y hechos que respalden su idea, además de comparar lo que dice que es bueno o no, según el tema que esté tocando. Generalmente la persuasión es utilizada en los discursos políticos o en las líneas editoriales, que generalmente quieren captar la ideología de sus seguidores y de los que no lo son.


·         Símil y diferencias:
Esta técnica de escritura se utiliza para hablar sobre un tema y resaltar lo que tienen en común o no. El símil es la comparación sobre un tema u otro, y la diferencia, el contraste todo lo contrario, lo que los separa. Se puede percibir esta técnica de escritura en la escritura que intenta describir distintas épocas, distintos puntos de vista, pensamientos, personas, y mucho más.
Además de las técnicas de escritura también mencionaremos algunos consejos para que tu escritura sea la mejor:
·         Signos de puntuación:
Su uso correcto es el primer mandamiento de todo escritor, las eternas oraciones, sin puntuación, lograrán que perdamos la atención del lector, no nos entienda y deje de leer. Sin embargo, es importante, que no abusemos de los signos.
·         Repetir palabras:
Es algo que se considera como pecado. Para ello, debemos buscar sinónimos y tener un amplio conocimiento del tema del que estamos escribiendo. Para no tener este problema, que es frecuente, debemos volver a leer el texto que estamos logrando.
·         Sé original:
Las copias están muy mal vistas, si encontramos distintas páginas con las mismas palabras, entonces no captaremos a nadie. La originalidad, el toque personal y el estilo te harán un buen escritor.
·         Ten público antes de publicarlo:
El primer público debes ser tú mismo, lee en voz alta, reléelo y pide a alguien más que lo lea, para que te den su opinión.
Hasta aquí el contenido de clase de la primera sesión del taller.El consejo es seguir ejercitando ,es decir ,como decía Borges ,el escritor se hace escribiendo ,escribiendo ,escribiendo.


CLASE 02 DE CREACION LITERARIA


TECNICAS DE DESBLOQUEO PARA ESCRIBIR
TALLER DE CREACION LITERARIA
MUSEO DE ARTE DE LIMA
CLASE 02
Prof. Luis Tejada Rivera



¿Has experimentado en alguna ocasión el terror al papel en blanco? El pánico al bloqueo creativo, la ausencia de ideas o la angustia a no saber cómo continuar una pieza literaria son problemas presentes en el día a día de cualquier escritor. Por eso, es importante que conozcas las mejores técnicas de desbloqueo para escribir.
Para salvarte de la carencia de ideas, puedes recurrir a múltiples técnicas, algunas más famosas y otras más extravagantes o peculiares. Todas podrás aportar una nueva dimensión a tu historia, ayudarte a que encuentres un título original, des vida a personajes redondos o halles un final impactante. ¡Vamos allá!
7 técnicas de desbloqueo para escritores
1. BINOMIO FANTÁSTICO: ¿Te suena este concepto? Es una de las técnicas más efectivas, desarrollada y explicada por el escritor italiano Gianni Rodari en su libro Gramática de la Fantasía.
“Las personas solemos entender las cosas a través de polos opuestos, o dicho de otra manera, mediante binomios. El pensamiento lógico se compone a partir de parejas de conceptos diametralmente opuestos, como caliente-frío, fuerte-débil o alto-bajo, o de fácil asociación, como vaca-leche o papel-lápiz. Este fenómeno se debe a que el “par” nos permite comprender de mejor forma que el elemento aislado, por lo que a menudo nos servimos de estos binomios lógicos para aligerar nuestro proceso de entendimiento”.
Desarrollar una idea a partir de un binomio fantástico es un proceso que activa enormemente nuestra capacidad de asociación. Surge cuando intentamos unir de manera libre dos conceptos lejanos (jamás pueden pertenecer al mismo campo semántico), los cuales requieren nuestra atención, esfuerzo e ingenio para lograr establecer una relación entre ambos. La distancia es imprescindible para que nuestra imaginación decida crear un espacio donde este conjunto fantástico pueda convivir. Nos obliga a explorar la interrelación entre cosas aparentemente inconexas, ser innovadores, valientes y, sobre todo, altamente creativos”.
¿Cuáles son las claves para escribir binomios fantásticos? El objetivo principal es buscar parejas de palabras que no sean fácilmente vinculables, como aquellas que se relacionan por su uso, los opuestos y aquellas que pertenecen a un conjunto, como colores, comidas o deportes. El azar será tu gran aliado: puedes poner el dedo aleatoriamente sobre las líneas de un libro o revista, que dos personas distintas escriban su ocurrencia en un papel, o incluso emplear recursos proporcionados por Internet, como los generadores automáticos de palabras. Algunos de los más populares son TagCrowdWordle o Tagul.
Tras la elección de cada binomio comprobarás que los conceptos escogidos se desarraigan y salen de su contexto, perdiendo algunas de sus facultades propias pero ganando infinitas posibilidades de conexión, algunas inusuales y surrealistas, con el otro término. Las adivinanzas tradicionales, sin ir más lejos, adoptan este mismo procedimiento, ya que uno de los elementos se esconde -la respuesta- y otro se muestra mediante un proceso de extrañamiento. Por último, si te apetece y el fin del binomio es construir una historia completa en lugar de únicamente ejercitar el desbloqueo, puedes guiar tus ideas mediante estructuras sugeridas -quién era, dónde estaba, qué encontró, qué hizo, qué sucedió al final-. Si dispones de tiempo, existe la posibilidad de hacer más complejo este método, generando polinomios fantásticos y multiplicando las posibilidades de creación.
Lo más interesante y valioso de esta técnica es la mejora de la capacidad asociativa. Por un lado, nos reiremos y llegaremos a resultados fabulosos, y por el otro, seremos capaces de crear diminutas ficciones propias gracias al fenómeno de la metacognición, la capacidad de ser conscientes de la manera en que aprendemos.

2. BRAINSTORMING O LLUVIA DE IDEAS: Éste es un recurso cada vez más usado para la toma de decisiones en empresas o la creación de campañas publicitarias. Lo cierto es que, cuántas más ideas generemos, más calidad podremos hallar entre ellas. Esta técnica está basada en la exposición de manera informal y libre de todas las ideas en torno a un tema o problema planteado, por lo que suele ser grupal, aunque puedes hacerlo individualmente también. A continuación, una serie de pequeñas subtécnicas de brainstorming para poner en práctica a tu gusto, de manera individual o colectiva:
1.    Máquina del tiempo: Traslada tu idea a otra época histórica diferente. Por supuesto, un romance no se desarrollaría igual en un feudo medieval que una nave espacial del siglo XXV, y el desenlace de una historia de terror o una historia de aventuras se chocará con sorpresas muy distintas si sucede en las pirámides de Egipto o en el contexto de la Revolución Francesa.

Por otro lado, puedes pensar en cómo se desenvolvería una misma idea en diferentes etapas vitales.
2.    Teletransporte: El transcurso de un relato tiene diferentes desarrollos según se ubique en una determinada civilización, cultura, religión o etnia. Derriba prejuicios y logra tener una mente más globalizada y actual con una de las técnicas de desbloqueo más divertidas. Por ejemplo, piensa en cómo sería fabricar un invento en distintos países y cómo afectaría a las sociedades que lo usarían.
3.    Modifica tus atributos: ¿Cómo pensarías sobre una idea si tuvieses otro intelecto, otras facciones físicas, otra mentalidad, otro género u otra concepción espiritual? Esto es especialmente válido para el apartado de la construcción de personajes que veremos más adelante, pero a la hora de generar una lluvia de ideas puede ayudarnos a definir las características de una pequeña historia, un eslogan o el título de una canción.
4.    Rolestorming: esta subtécnica consiste en ponerte en el papel de un amigo tuyo, un personaje popular o una celebridad histórica. Imagina que eres Frankestein, Juana de Arco, Nelson Mandela, Greta Garbo, Sabina, Maradona o cualquier persona de tu entorno que conozcas. Ponte sus ojos, cambia de perspectiva y modifica tus ideas. Los resultados te sorprenderán. Puedes escribir un pequeño relato en primera persona sobre el personaje elegido.
3. CADÁVER EXQUISITO: Para encontrar el origen de esta famosa técnica es necesario bucear hasta la segunda década del siglo XX, cuando el movimiento surrealista se encontraba en plena gestación de lo que más adelante se conocería como la escritura automática, una búsqueda formal de la expresión intuitiva y espontánea en la creación artística. El cadáver exquisito fue uno de los juegos favoritos de esta vanguardia francesa y puede realizarse de manera tanto escrita o verbal como visual. Consiste en una oración creada por tres o más personas. Cada una de ellas tiene asignada una parte específica de la oración: sujeto, verbo, predicado u otros complementos.
También puedes utilizar esta técnica escribiendo una frase cada persona, o trasladarla al formato visual. Los surrealistas también pintaban cuadros mediante esta técnica, uniéndola a otras como el frotagge, el automatismo, la decalcomanía, o el método paranoico-crítico, entre muchas otras.

4. ATRAPASUEÑOS: Cuenta la leyenda que Dalí, con la intención de captar ideas para sus originales cuadros, se iba a dormir con una cucharilla en la mano, de manera que ésta, al quedarse dormido, provocaba al caer contra el suelo un pequeño estruendo que lo despertaba de inmediato, obligándolo a retener las imágenes del primer sueño. Aunque la cucharilla no es necesaria, dormir con un pequeño bloc de notas y un boli en la mesilla de noche puede ser un fantástico recurso para anotar los fragmentos que tu subconsciente te brinde durante la noche. Si Dalí encontró entre su materia onírica la inspiración para gestar obras como Los relojes blandos, Construcción blanda con judías hervidas o El gran masturbador, tú también puedes aprovechar tus sueños para un experimento literario.
5. REVIVAL DE CUENTOS Y FÁBULAS: Las historias de siempre, transmitidas de manera oral a lo largo de las tradiciones, precursoras de sus adaptaciones cinematográficas y protagonizadas por animales, niños y criaturas mágicas, pueden resultar maravillosas técnicas de desbloqueo y ayudarte a sacar a relucir ideas brillantes.
Imagina que Hansel y Gretel son los participantes rivales de un reality show en el corazón del bosque, que Caperucita es una activista ecológica que escapa de su abuela, jefa de policía, por liberar de un zoo a una extraña especie de lobo estepario; o que los tres cerditos son culpados de fraude fiscal y corrupción urbanística por las autoridades, obligados a cumplir pena en una cárcel violenta regentada por Pulgarcito. Alicia en el País de las Maravillas puede ser la canción sobre un viaje de los Beatles con LSD, incluso Cenicienta puede convertirse en un sanguinario thriller familiar cuando ésta sirva las cabezas de sus hermanas rellenas para la cena de Acción de Gracias. Adaptar a la actualidad tus cuentos e historias favoritas en clave de humor servirá para tomar consciencia de tu potencial creativo y descubrir lo interesante que resulta reformular los arquetipos acuñados por maestros como los hermanos Grimm, Hans Cristian Andersen o Perrault.

6. HIPÓTESIS FANTÁSTICAS: Al igual que Kafka se preguntó en La Metamorfosis aquello de “qué pasaría si un hombre se despertara transformado en un inmundo escarabajo”, tú también puedes emplear la fecunda técnica de la hipótesis fantástica, basada en el famoso precepto de ¿Y si…?. Una vez formulada, su continuación es aplicarla a situaciones cómicas, comprometidas, disparatadas o irracionales. No sólo ayudarán a acabar con tu bloqueo creativo, sino que incentivarán tu capacidad crítica, tu sentido del humor y te servirán para generar imágenes mentales de gran valor.
Puedes apuntar todas las hipótesis que se te ocurran en tu cuaderno de bitácora para poder revisarlas cuando quieras extraer de ellas un relato, un poema o un texto para ti. Si te apetece hacer una variante de este ejercicio a modo grupal, juega a las hipótesis fantásticas con un amigo mediante la variante pregunta-respuesta y la grabadora del móvil. Una persona formula la pregunta y la otra responde al planteamiento. De colaboraciones así han nacido grandes proyectos.
7. COLLAGE AMBIENTAL: A lo largo del día experimentas toda clase de vivencias, sensaciones y descubrimientos, tienes contacto con diferentes escenarios, personas y situaciones y acceso a múltiples fuentes de información. Recuerdos, expectativas, frustraciones y coincidencias forman parte de tu cotidianidad. La sencilla técnica del collage ambiental consiste en aprovechar el potencial de la vida real.
Un ejemplo consiste en apuntar las frases más sugerentes de las canciones que suenen en el autobús urbano, tomar ideas de carteles y vallas publicitarias, hojear la prensa e intentar ponerse en el punto de vista de los diferentes protagonistas que componen una misma noticia. Un personaje ideal puede provenir del semblante, la gestualidad o la prosodia del dependiente de un comercio, de un familiar lejano, o de una profesora de Universidad.
Puedes probar a mezclar en una bolsa fotografías tomadas de tu revista especializada favorita, recortar varios de los titulares del día del periódico o entrecruzar las frases de las conversaciones simultáneas que acontecen en el bar donde estás tomando un café. Recuerda que la vida cotidiana es la materia prima de esta técnica de desbloqueo.
Esta clase es la continuación de las técnicas de escritura creativa .Importante, porque en el taller buscamos una escritura fluida sencilla y de mucha creatividad .La próxima clase es sobre las personas gramaticales.